
Sobre mí
Te voy a contar cómo empezó todo esto. Porque estuve exactamente donde estás vos ahora.
Hubo una época en la que abría mi agenda y… demasiados huecos.
Y cada vez que alguien preguntaba el precio, yo ya estaba pensando cuánto bajarlo antes de que se fuera con otro.
Esa idea silenciosa de que querer cobrar lo que valía mi trabajo me hacía un poquito peor profesional. Como si cuidar a mis pacientes y cuidarme a mí no pudieran convivir.
Te aviso, por si vos también lo cargás: no es verdad. Pueden convivir perfectamente.
Así que me puse a estudiar. Leí, hice cursos de marketing. Y empecé a aplicar.
Pero te voy a ser sincera: aprenderlo fue una cosa, y hacer que funcionara de verdad fue otra muy distinta.
Armé mi página, sí. Pero ahí no llegaba nadie.
Tardé meses en posicionarme. Meses. Y en el camino tuve que aprender algo que nadie me había explicado: que una cosa es tener una página linda, y otra muy distinta es entender qué es lo que realmente posiciona. Qué busca la gente, cómo lo busca, qué hace que Google te muestre a vos y no al de al lado.
Reescribí mi página con un mensaje pensado al detalle. No para gustarle a todo el mundo, sino para que el paciente correcto se sintiera entendido apenas la leía.
Trabajé el posicionamiento sabiendo ya qué mover. Y esta vez sí: llegué primera en Google. Cuando alguien buscaba lo que yo ofrecía, la primera cara que aparecía era la mía.
Y empecé a hacer email marketing. A escribirle, semana a semana, a la gente que me seguía. A construir confianza antes de que pisaran la consulta.
Y un día pasó algo que no me voy a olvidar.
Empezaron a escribirme varias personas. Algunos dias me escribian 3 personas, otros 5 personas. Las consultas nuevas eran todos los días.
Y no para regatear. Pagando un 50% más de lo que yo me animaba a pedir antes.
Ahí lo entendí del todo: el problema nunca había sido mi precio. Era cómo me estaba mostrando.
Hoy tengo lista de espera. Aprendí a decir que no a los casos que no me hacían bien. (Y eso, te lo digo de corazón, fue de las mejores cosas que hice).
Y mis honorarios los decido yo. Sin pedir perdón.
Ahora quiero que sepas algo, porque para mí es lo que más importa.
No te vendo una teoría que leí en un libro. Te entrego exactamente lo que usé para resolver mi propio problema.
La página que te armo es del mismo tipo que la que me posicionó a mí. La forma de escribir, esa que hace que el paciente correcto se sienta entendido apenas te lee, la aprendí cuando me jugaba mi propia agenda. El posicionamiento es el que tardé meses en entender, para que vos no tengas que perder esos meses. Los emails son los que sigo usando yo.
No soy una agencia que descubrió que los psicólogos eran un buen negocio.
Soy una colega que pasó por donde estás vos ahora. Y que encontró la salida.
Así que te pido algo: volvé a leer lo de arriba, sin apuro.
La agenda que cuesta llenar. Los honorarios que no reflejan lo que hacés. Esa sensación de ser uno más entre muchos.
Si algo de eso te resonó mientras leías, respirá tranquilo.
Te entiendo más de lo que imaginás.
Y quiero que sepas que esto tiene solución. De verdad.

Licenciada en Psicología — Universidad de Buenos Aires, diploma de honor. Especialización en Clínica de Niños y Adolescentes (UBA, en curso). Secretaria Académica y autora de contenidos en la Escuela de Filosofía Aplicada para la Excelencia del Ser Humano.
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